domingo, 6 de septiembre de 2009

"Salsa, Un Estado De Ánimo”


Aqui les traigo un articulo de José Arteaga llamado “Salsa, Un Estado De Ánimo” que explica el origen del termino, significado y aplicación. La oposición que tuvo al principio y quienes fueron los primeros en usar este termino refiriéndose a un nuevo genero que llego y se quedo. Espero lo disfruten tanto como yo.


Por: José Arteaga (Salsa, Un Estado De Ánimo)


-“Salsa” - El Origen Del Término-


La expresión, según algunos historiadores, nació en las conversaciones de los negros esclavos en Cuba en sus horas de descanso, y por su emotividad saltó hacia el habla popular isleña. 

Pero la referencia más antigua y más clara data de 1928. En ese año el compositor Ignacio Piñeiro escribió un son titulado “Échale Salsita”. El son hablaba de los gritos de júbilo con los que se encontró casualmente Piñeiro en el Congo de doña Catalina Güines, una vieja casona ubicada a orillas del camino que conducía a Santiago, en la costa orienta de Cuba. Sus estrofas iniciales decían:

.....Salí de casa una noche aventurera 
buscando ambiente de placer y de alegría. 
¡Ay, mi Dios! Cuanto gocé. En un sopor la noche pasé. 
Paseaba alegre nuestros lares luminosos y llegué al bacanal. 
En Catalina me encontré lo no pensado.
La voz de aquel que pregonaba así: 
¡Échale Salsita, échale salsita, échale salsita!....... 

Si bien la palabra salsita, aludía más al delicioso condimento de las butifarras que preparaba doña Catalina que a la música en particular, fue ésa la primera canción que la usó al referirse a la alegría. El son hablaba de un bacanal, y la leyenda posterior de una fiesta llena de comida, licor y música que duró varios días. Por eso salsa fue, a partir de ese momento sinónimo de sazón para todo, no sólo para la comida, sino para la vida misma.

Cuando una fiesta contaba con varios músicos invitados, se decía que tenia Salsa. Cuando una fiesta se prolongaba hasta el amanecer o continuaba sin parar, se decía que tenía salsa, que tenía el condimento necesario.

De hecho, el cantante y compositor José “Cheo” Marquetti dirigía en los años cuarenta un conjunto llamado Los Salseros, especializado en amenizar, de manera itinerante, diferentes bailes. 

La expresión continuó durante muchos años en Cuba percibiéndose como condimento. Los músicos, poco a poco, la incorporaron a su léxico cotidiano. Para ellos, salsa era energía y vitalidad, entrega y fuerza rítmica. Salsa era el émulo antillano de otras expresiones de uso común: feeling, yunfa, swing o sabor. “Pero que Salsa tiene esto”, gritaban algunos en pleno concierto. “Mas Salsa que pescao”, soltaba el bongoncero Rogelio Iglesias, durante las famosas descargas de Israel López “Cachao” en los cincuenta. Y el propio Benny Moré rugía de vez en cuando “Salsa” en medio de sus canciones, cuando toda su Banda Gigante sonaba al tiempo. 

Sin embargo, en Cuba ahí se quedó. Una expresión más, una palabra más. Nada especial en ella, salvo su particular uso entre el gremio de músicos. Y tampoco era muy popular entre ellos. Se escuchaba, se conocía, pero no se usaba con frecuencia. 

En Nueva York, en cambio, ocurrió todo lo contrario. La palabra caló de inmediato en el Spanish Harlem, al este de la Quinta Avenida. Allí, donde funcionaba el enclave puertorriqueño y donde se encontraba muy cerca del epicentro del jazz, la salsa se convirtió en el término ideal para definir las fiestas de los ritmos latinos. 

Salsa le cayó como anillo al dedo al norteamericano, a quien le sonó a soul y souce. Y gustó a todos los grupos caribeños, porque cada vez que alguien invitaba a una fiesta, los dominicanos hablaban de guateque, los puertorriqueños de parranda, los colombianos de rumba, los cubanos de bembé, los venezolanos de jarana, y otras colonias de goce, bonche, baile, bailongo, tumbao, pachanga y rumbón. Ahora hablaban de Salsa.

Pronto fueron apareciendo las alusiones en carátulas de discos como “Salsa Nueva” del flautista Pupi Legarreta, gritos de júbilo como “Salsa ahí na’má” del pianista Charlie Palmieri, o “Salsa y Bembé”, interpretada por el Sexteto de Joe Cuba. 

Mientras eso sucedía a mediados de los sesenta en Nueva York, en la Radiodifusora Venezuela de Caracas apareció el programa “La hora del Sabor, la Salsa y el Bembé”. Lo dirigía y animaba un conocido Disc-jockey, Phidias Danilo Escalona, y se especializaba en música caribeña especialmente, por supuesto, las pachangas que estaban de moda. 

El programa fue todo un éxito en los barrios populares de Caracas como Petare, Catia ó La Pastora, donde toda la música emitida comenzó a asociarse con las tres expresiones: sabor, salsa y bembé, sin importar la verdadera definición de cada una. No fue una casualidad, entonces, que en julio de 1966 apareciera en el mercado venezolano un disco titulado “Llegó la Salsa”.

Prensado por la casa discográfica Palacio, el disco del Combo Latino que dirigía Federico Betancourt acudía al baile como primera referencia y a la palabra salsa como símbolo del ambiente popular de la ciudad.

Lo sucedido en Venezuela fue una clara muestra de la existencia de un ambiente salsa, que ya desbordaba los propios límites del baile.

El paso hacia el uso de salsa como descripción de la música, no estaba lejos.
En realidad, varios intérpretes sacaron a relucir la presencia de algo que bien podría llamarse como Son Nueva York.

En 1967, Ray Barretto fue más claro que sus predecesores al hablar de un son montuno que podía ser agresivo y fuerte por un lado, y dulce y suave por el otro. El tema se tituló “Salsa y Dulzura” y apareció publicado en el disco “El Ray criollo” del sello United Artists. 

Posterior al tema de Barretto, la pareja de músicos Richie Ray y Bobby Cruz grabaron el disco “Los Durísimos”. En la parte baja del álbum, ambos acordaron colocarle una frase que describiera lo que éste contenía. Viendo que muchos neoyorquinos hablaban de salsa como de algo con mucho movimiento, y de control para referirse al bolero, le pusieron Salsa y Control.

Dos años más tarde, el compositor y músico José Lebrón, co-lider de la agrupación formada por sus hermanos, escribió una canción a la que tardó en encontrarle la combinación de palabras adecuada. Un amigo de la familia Lebrón fue quien solucionó el dilema diciéndole: “Métanle lo de la salsa, que eso suena bien”. José, sin usar la referencia de Ray y Cruz, lo tituló Salsa y Control. 

Fue en ese tema que salsa hizo por primera vez alusión directa al Sonido Nueva York y al deseo de los latinos de contar con algo que los identificara a todos y agrupara todos sus ritmos. La voz de Pablo Lebrón hizo el resto: 

....Yo le digo a mi gente que está gozando 
que la orquesta Lebron está tocando. 
Algo sencillo, algo movido 
y bueno que está, baila conmigo. 
¡Eh, le lo lé, eh, le lo lá! 
Echa pa’ca porque bueno está. 
Cógelo suave al ritmo de clave, 
la orquesta Lebrón tiene la llave. 
Invitación al son montuno, 
levántate man y ponte duro. 
Que jala, que jala mi guaguancó, 
el son montuno lo traigo yo. 
Salsa y control, salsa y control ...... 

Lanzado al mercado neoyorquino en 1970, el disco de los hermanos Lebrón dio inicio a una larga cadena de referencias musicales cada vez más evidentes. El sello discográfico Underground Mericana encabezó una verdadera campaña en pos del nombre como definición de música. Así prensó los trabajos de sus artistas como Rey Roig bajo diferentes combinaciones con la palabra. Sus recopilaciones, inclusive, se titulaban Salsa Hits. 

Pero quien más empeñó en tal propósito, fue el promotor de Fania Records, Izzy Sanabria. Tras adquirir los derechos de publicación de la revista Latin NY, Sanabria acuñó el nombre del magazine. Y fuera de este también insistió.

Por él, en 1973, se titularon Salsa, un exitoso disco de Larry Harlow, un show semanal de televisión y la película de Leon Gast. Por él y, claro, porque Jerry Masucci lo aceptó. 
Sin embargo, la consolidación nominal que alcanzó su punto definitivo en 1973, no alcanza a explicar la magnitud de la salsa. Al comienzo la palabra encontró resistencia en casi todos los músicos de Fania, cuando Masucci, Sanabria y Mercado la impusieron en sus productos.

Buena parte de esa resistencia, por supuesto, estaba sustentada por las imágenes de Holywood en la cinta, pero también porque el término tenía tanto de largo como de ancho.

“¿Si la salsa es música latina (se preguntaban) también puede ser rock tocado por hispanos?” La respuesta no la tenía clara nadie. De hecho, en la película aparecía el guitarrista Jorge Santana haciendo un solo instrumental completamente roquero, y algunos conjuntos promocionados por la casa Mericana bajo el rótulo salsa, eran grupos de rock. Salsa fue al comienzo, para no llamarse a equívocos, lo que los latinos hacían. Y punto.

Sólo que en el proceso de evolución de la música, fue la caribeña la que más sobresalió. Para 1975, el rock y otras expresiones pasaron a un segundo plano, quedando, gracias a la moda y a los beneficios comerciales, los ritmos antillanos como protagonistas. 

Sin embargo, tampoco eso convenció a los músicos veteranos, quienes seguían creyendo que a su son no se le podía llamar de otra manera sino son. Algunos fueron muy despectivos como Daniel Santos: “Todo esto es una falsificación”. Otros resultaron más comprensivos, como Machito: “Se trata de números viejos interpretados por músicos nuevos”. 

Y unos cuantos, en medio de su rabia, descubrieron que era otra cosa. “La salsa es un producto cultural para estúpidos”, dijo Dámaso Pérez Prado. “Sólo a los tontos les puede gustar ese mamarracho de música”. 


-El significado de la Salsa- 


A lo largo de todos estos años, la discusión sobre el significado y el uso de la palabra persiste, y hay todo tipo de razones para ello. Unas son políticas, pues en Cuba, por ejemplo, se ve la salsa como una apropiación norteamericana de sus ritmos. Otras son geográficas, ya que a los puertorriqueños les parece absurdo que sólo se mencionen las raíces cubanas y no las suyas. Y otras son afectivas, ya que la mayor discusión es donde se originó el término. Cubanos, venezolanos y neoyorquinos, como se ve, tienen mucho que decir. 

La definición de salsa, por supuesto, va más allá de la simple discusión etimológica o de quien dio el primer paso para su consolidación. Salsa es el nombre designador de una expresión musical tan diversa y variada como el jazz, expresión ésta que también tuvo que padecer eternos debates acerca de la validez de su término genérico.

Hoy nadie discute el término jazz, aunque nadie sepa quién lo inventó y que significa realmente. En su historia se habla de términos deportivos, vocablos africanos, expresiones marginales, gritos de júbilo, apodos de músicos y hasta errores de imprenta. Jazz tardó cincuenta años en ser aceptado por la Real Academia Española. 

Para seguir con la comparación, la salsa, al igual que el jazz y el rock, es un fuerza sonora contemporánea que posee un papel identificador de una colectividad y un papel cultural importante en la sociedad donde se escucha.

La salsa es una expresión popular identificadora de una comunidad gigantesca. Identifica y agrupa a todo el conglomerado de los latinos que viven en Nueva York y también a los que viven en las otras ciudades del área Caribe. En el Spanish Harlem, en Lisa Aldea, en el 23, en Rebolo, en Siloé o en Fátima, todos se sienten identificados por la salsa, porque su sonido es bueno para bailar, para aliviar las penas, para descansar la mente, para embriagarse o para conquistar. 

La salsa es tan importante en los estados de ánimo de estas personas que en cada ciudad se ha elaborado una especie de ritual en torno a ella, en lugares específicos, en horas avanzadas, con gente especial y con una entrega absoluta hacia el sonido que sale del micrófono o del tocadiscos. Y el hecho de identificar a tanta gente de tan variados países hace que la salsa abarque también infinidad de ritmos, desde la guajira cubana hasta la bomba puertorriqueña.

Pero esta heterogeneidad es la que ha hecho tan difícil su definición. Y es que la salsa no es el resultado de la combinación de 60 ritmos antillanos. Es decir, no es un ritmo. Es un género musical donde caben todos ellos. Una orquesta, por ejemplo, interpreta en un disco dos sones, una guaracha, un chachachá, una bomba y tres merengues, pero esa orquesta no puede ser llamada Conjunto de Sones, Guarachas, Chachachás, Bombas y Merengues, sino Conjunto Salsero.

Y es más, esa orquesta interpreta todos estos ritmos con una sonoridad diferente de la que éstos tuvieron en sus inicios.

El tema “Ritmo Alegre”, en versión de Arcaño y sus Maravillas en 1944, es un danzón de principio a fin. El mismo tema, interpretado por Eddie Palmieri cuarenta años después, es rigurosamente salsa. Y no se trata solamente de arreglos modernos, va mucho más allá. 

El primero tiene un mismo tono siempre; el segundo va in crescendo permanente. El primero se ajusta a unos patrones básicos, el segundo tiene mayor libertad de movimiento, contiene elementos de jazz y fueron los músicos de Palmieri los que le imprimieron fuerza, energía, vitalidad, angustia y desenfreno, los que le pusieron esas características tan propias de la vida urbana y del mundo actual.

Ahora bien, el ritmo que ha estado más presente en la salsa es el son. Pero no es el mismo son del Trío Matamoros. Es una variante del son llamada son montuno, porque esta variante tiene patrones rítmicos y armónicos muy apropiados para esta nueva forma de percibir la música. 

Podría decirse que la salsa es el descendiente ciudadano del son montuno. Es un producto musical que respeta las pautas de su antecesor cubano, pero que tiene otra forma de expresarse basada en la instrumentación novedosa y en la orquestación moderna.

El son montuno le da otra ventaja a la salsa. Le otorga la posibilidad de poner en clave sonoridades totalmente ajenas al Caribe como la balada y la ranchera. Un tema como Ojalá que te vaya bonito, de José Alfredo Jiménez, en su versión original es una ranchera, pero interpretado por la orquesta de Willie Rosario es salsa, y en este ejemplo tiene mucho que ver la ductibilidad y la permeabilidad del son montuno para adaptase a cualquier género sonoro. 


-El son, además aporta a la salsa un elemento básico: “La Clave”-


Pero este elemento es también un concepto mental. Como dice la canción de Rubén Blades: “Si no naciste con clave, entonces no eres rumbero. Podrás cantar con sentido, podrás tener buena voz, pero ser rumbero, nunca si te falta corazón.” 

Según explica el investigador venezolano Enrique Bolívar Navas: “ ¿Por qué la salsa consigue a través del son, su más confiable vehículo de comunicación y supervivencia? Porque ambas son manifestaciones auténticas de imaginación popular y su estructura musical es generosa y caribeñamente universal.

Y aunque fue el pueblo campero quien le dio cuerpo rítmico al son cubano, creando, además, su poesía literaria con su lenguaje espontáneo, fresco, incisivo, desenfadado, picante y cálido, la ciudad le da guayabera y slack para convertirlo en soldado de bonche, y las calles del Bronx le ponen blue-jeans y trombones para cantar con estoicismo y desesperación la sórdida aventura de vivir en la gran ciudad.”

Finalmente, la Salsa es una forma musical urbana, la quinta que genera América Latina junto al tango, el bolero, la bossa nova y el reggae. Y es un producto moderno, fruto de una sociedad que gira alrededor de las ciudades, esa especie de engranajes que dominan el trabajo, las artes, la industria y la cultura. La salsa nació en una ciudad, en la más grande de todas, en la más inhumana y la más cosmopolita, en la ciudad que resume toda es modernidad: Nueva York. 

Y no nació con glamour, ya que comenzó a funcionar en los barrios bajos, en las peores calles, en los más sórdidos callejones, rodeada de ciudadanos de tercera, como eran los latinos que vivían en ese momento en el Bronx, en Harlem, en Queens y en Manhattan. La salsa es de origen marginal y desde sus inicios le cantó a esa suciedad y esa pobreza, le tocó a esa falta de identidad nacional y a esa violencia cotidiana.

La salsa fue un grito desesperado por sobrevivir. De allí que la mayoría de los temas de esa época hablen de cuchillos, atracos, tiroteos, desengaños, atropellos y soledades. Allí radica el hecho de su violencia musical encauzada hacia un fin específico: dar mayor energía y estridencia a un sonido para elevar la significación del grito. 

La salsa nació para el mundo, como término, en esa segunda película de Leon Gast y Jerry Masucci. Allí se universalizó y desde entonces la conocemos por su nombre, pero la naturaleza viva de esta expresión multitudinaria está en cada golpe acelerado de timbal, en cada nota alargada de trombón y en cada canto agresivo y nostálgico de sus cantantes.


-¿Y Cuba dónde está?- 


Aislada del mercado discográfico internacional, la isla que más aportes folclóricos y rítmicos había hecho a la expresión, apenas comenzó a ser reconocida, fuera de sus fronteras, a finales de los ochenta. 

Su historia, sin embargo, siempre transcurrió paralela a la salsa, con apenas unos contactos aislados, como conciertos de músicos salseros en Cuba y adaptaciones de temas cubanos para la salsa.

Pero así como la nueva música cubana le fue imposible salir de la isla y a la salsa le fue imposible penetrar en ella, Cuba siempre se negó a comprenderla. Para los cubanos la salsa era lo mismo que ellos habían hecho hasta los cincuenta. Era su son, su mambo, sus obras en otras voces no tan buenas como las originales. Salsa era apenas un nombre nuevo para las viejas canciones. 

Y este razonamiento era comprensible. El primer estilo que generó Nueva York, la salsa de barrio, no podía estar más lejos del entendimiento de un cubano. Allí se reconocía la marginalidad, el desarraigo, la lucha de clases, la mendicidad, la delincuencia, la violencia cotidiana, el caos urbanístico, la agresividad como respuesta a los problemas. Nada más alejado de la vida que se dio en Cuba a partir de la Revolución. 

Con los demás estilos de la salsa pasó lo mismo: fueron muy poco entendidos. El cubano podía analizar el factor musical de la salsa, pero no su papel social, su razón de ser histórica. Y en ello también obraba una causa muy clara. Para los músicos de esa nueva etapa, lo más importante fue la academia. Todos tuvieron formación musical, todos le dedicaron años al conservatorio. De ahí que su sonido fue altamente técnico y diametralmente alejado del sonido salsero de la calle.

Y existía una última diferencia, tal vez la más notoria. Mientras la salsa tuvo como principal fuente de musicalidad y de instrumentación el son montuno, la nueva música cubana se apoyó, casi toda, en el son changuí. Así, se definieron dos corrientes: los folcloristas que siguieron haciendo el mismo son de toda la vida, caso de Compay Segundo, y los modernistas que dieron un paso adelante en la historia del Caribe, caso del bajista Juan Fornell.

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